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2007-03-11 ] -
Compro sexo
“Notebooks” tiene más de 700 páginas y es un viaje por callejones fétidos, bares de mala muerte y parques públicos en búsqueda de prostitutos. Con su pene como mejor amigo, el talentoso escritor norteamericano busca en las pastillas, el alcohol y el sexo la solución pélvica del mundo. Además, llegó a Chile “La noche de la iguana y otros relatos”.
Por Peter Conrad
Los egos literarios se expanden para abarcar los extensos espacios de Norteamérica. La épica de Whitman fue su “Canto a mí mismo”, y a las libretas de apuntes de Tennessee Williams (rumas de anotaciones confidenciales en las que, durante 40 años, garabateó un registro de trucos realizados, píldoras tragadas, Martinis engullidos e imaginarios ataques al corazón sobrevividos) se las podría llamar su “Oda a mí”. Su pronombre favorito serpentea a través de la adolescencia; es simplemente “Yo siendo yo”, como anota Tennessee (Estados Unidos, 1911-1983), lo que significa actuar como “una maldita loca” y olvidar que sus más musculosos ancestros mataban indios. A veces, acosado por un espurio frenesí neurótico, el homúnculo se enfurece en su prisión: “Una frenética bestezuela enjaulada: ¡yo!”. Con mayor frecuencia, el ego furibundo es tratado solícitamente por su dueño. “¿Contra qué barrera final colapsará usted, señor Williams?”, se pegunta a sí mismo el consternado escritor. O, arrodillado en la YMCA por razones pías, encomienda a la divinidad a su más allegado y querido: “Oh, Dios, ten un poco de piedad por Tom esta noche”.
A pesar de los batallones de machos prostitutos que desfilan por sus dormitorios alquilados, la única preocupación duradera de Williams, aparte de sí mismo, es por su penosa hermana Rose, lobotomizada por orden de su madre porque, como Ofelia en su supuesta locura, hablaba en voz alta sobre sexo. Su amor por Rose va dirigido a un álter ego, un yo tributario como Blanche du Bois en “Un tranvía llamado deseo”, o el resto de sus heroínas, que son todas travestis de Tennessee. “R en el patio de psicópatas de Missouri-Baptist”, comenta. “Yo mismo pertenezco allí”. El ostentoso “Yo” de Tennessee tiene un compañero diminutivo, como el Pequeño Yo, inseparable del Dr. Malo en las películas de Austin Powers. Tiembla de deleite cuando recuerda “la dulce emoción de acariciar a mi pequeño”. No, éste no es un amante, ni siquiera un cachorro. Es su infatigable pene: su mejor amigo, tal vez su único inseparable. Por lo menos Rose, como ella lo proclamaba, se masturbaba con velas extraídas de la iglesia y no dependía de la amabilidad comprada de brutos extraños.
BESTIA HERIDA
Tennessee creía que su incursiones por los callejones le garantizarían renovación creativa y que sus sórdidas noches en fétidos bares o parques públicos le brindarían “nuevos días”. El sexo, en su máxima crudeza y rapidez, le ofrecía una brusca solución pélvica, “un simple ejercicio puertas adentro”, como señala después de un “putesco” mes en Key West. Cuando las transacciones se ponen horribles, él se glorifica en la humillación y goza con su martirio; con la cara hinchada tras ser golpeado por un levante, bendice a la golpiza por haberlo enternecido. La experiencia es religiosa y requiere sometimiento a un dios cruel e incontrolado. “Anoche”, escribe durante un flechazo en Hollywood, “estaba acostado con Eros, quien gemía como una bestia herida”. En su lírica más desatada, reflexiona sobre la metafísica de esta adicción fisiológica. Al copular con un vagabundo que tiene “ojos como fiordos”, le parece estar “poseyendo distancia y vuelo, espacio y libertad”. Adentrándose en otra pareja (“Usamos vaselina”, especifica), siente que la cama se hace enorme mientras se embarca en su propio y whitmaniano paso a la India. El orgasmo, cuando llega, es oceánico: “Pacífico, Atlántico, el continente norteamericano”. Por una vez, el crucero parece una genuina metáfora náutica, ya que mantiene a flote a Tennessee en el tumultuoso oleaje del deseo.
¿O acaso está perforando por oro negro, como un explorador petrolero? “Nunca hundí mi barra en terreno más dulce”, informa tras una sesión con su amante ocasional Frank Merlo. Todos esos cuerpos alquilados o donados, extensiones y réplicas ideales de sí mismo, ofrecen breves manifestaciones a su quejumbroso y enfático “Yo”. Su anhelo: “Perderme en el ser universal”, donde aprendería a “aceptar la disolución orgánica”. A medida que el ardor se enfría, las sábanas se hacen más pesadas y se negocian las tarifas, se da cuenta de que el sexo es un ensayo para la muerte. “Una obra teatral es un ave fénix”, declara, “muere mil muertes”. Puede haber un malvado juego de palabras shakespeariano en esa expresión: los actores en la tragedia, como el pene que se desinfla, caen y vuelven a levantarse de nuevo en la próxima función. La analogía intriga y entristece a Tennessee, quien es condenado en su carrera sexual a desempeños tan exiguos como los de sus últimas y comercialmente inviables obras. Pocas de sus citas de una noche, rezonga, merecen un bis.
PICHICATERO ROMÁNTICO
El examen estilístico final viene durante el ajuste de cuentas: “Cuando el sexo se convierte en arte (después del orgasmo), uno debe ser un artista para evitar que se caiga feamente a pedazos”. Todo aquello en lo que puede confiar es, al final, su propio inseparable orgasmo. La búsqueda de amor concluye en una narcisista relación de amor consigo mismo. “Adiós, mon amour”, escribe al final de un texto, dándose a sí mismo un beso afectuoso de buenas noches. Antes, durante y después de estos episodios eróticos, Tennessee ingiere una farmacopea de medicinas bañada en cócteles. Al operarse de una inflamación rectal, insiste en ser transferido a un hospital que le permita beber de su suministro de whisky mientras espera la cirugía. Su dependencia química comienza con sales para sus temperamentales dolores de estómago, para después, acosado por una ansiedad sin causa, derivar a los barbitúricos, la morfina y el Valium. Tennessee fantaseaba con que se estaba rindiendo a Eros, pero en realidad fue sacrificado a las compañías farmacéuticas que drogaron a los estadounidenses en la docilidad de los años 50. Al final, escribir su diario se ha convertido en una forma de autosedarse. En uno de sus últimos párrafos hace una pregunta casi póstuma: “¿Morí por mi propia mano o fui destruido lenta y brutalmente por un grupo de conspiradores?”. Ofrece sin embargo una hábil justificación para su tormentosa y lastimera vida: “Quizás yo nunca estuve destinado a existir, pero si no lo hubiese hecho, a los seres que creé se les habría negado su apasionada existencia”.
Incorregiblemente romántico, Tennessee Williams soñó con un suicidio ritual como el de Mishima o con adentrarse suavemente en el mar como su héroe Hart Crane. Lo que ocurrió en 1983 fue que se atoró con la tapa de una pequeña botella plástica en su pieza de hotel en Maniatan. La botella contenía el más teatral de los accesorios: lágrimas artificiales. Así fue la absurda muerte de una reina del drama, preferible quizá a morir la triste muerte gris de un vendedor viajero. Extraido de:
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