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2006-01-29 ] -
Sexo en la cárcel
KATERINNE PAVEZ
Estar en la cárcel, aunque sea por un par de horas y con motivo de un acto con música alegre y caras sonrientes, es agobiante. En un patio lleno de sillas blancas las reclusas esperan recibir unos diplomas correspondientes a la capacitación que iniciaron hace tres meses en armado de computadores. El recinto está rodeado de rejas. Más allá, en un gimnasio, hay una bulla ensordecedora. Es la hora de las visitas, y el lugar parece una colmena. El ruido adentro es tal, que es difícil imaginar que alguien pueda tener una comunicación fluida con sus seres queridos. Menos con sus parejas. Todos apiñados. Casi imposible expresar amor o cualquier sentimiento que requiera de intimidad. En la cárcel casi no hay vida privada, y las mujeres lo saben. Sus hijos y sus familiares deben pasar por una estricta revisión antes de poder verlas. Resulta obvio el motivo.
Aquellas mujeres que tienen pareja estable o están casadas tienen una alternativa. Son los “venusterios”, palabra extraña que significa “habitación especial en que las personas presas tienen relaciones sexuales con la pareja visitante”. Es un oasis de soledad que las reclusas agradecen. “Más que la satisfacción del sexo, lo rico es juntarse en un lugar tranquilo, sin gente mirando. Uno se da un beso en el gimnasio donde se reciben las visitas y todos se quedan mirando, no falta la que grita ‘no contís plata delante de los pobres’ y eso es súper incómodo” comenta una interna.
“Las que van al venusterio vuelven felices. Aunque no creo que sea sólo por el sexo, yo creo que a las mujeres les importa más estar tranquilas con su pareja, conversar, comer con ellas, estar solos. Eso ayuda a olvidar por un rato que están encerradas y que tienen que volver a la realidad de la cárcel”, dice una segunda interna. Ambas conversan animadamente pero se niegan a dar sus nombres. Una de ellas tiene dos hijos, de trece y once años. A ellos les contó que se iba de viaje al extranjero.
Uno de los problemas que se intenta disminuir con los venusterios es la homosexualidad situacional. Muchas mujeres, heterosexuales en el exterior, buscan afecto en otras reclusas debido a la situación de desamparo y carencia afectiva en la que caen luego de ingresar al penal. Así, se dan casos en los que se reproduce la vida de afuera con lo que hay adentro: mujeres que cumplen el rol de hombres y otras menores que actúan como hijas, las que son “adoptadas” por la nueva pareja.
Visitas conyugales
El tema de las visitas conyugales les provoca una sonrisa. Dicen que son buenas, sirven para relajar las tensiones. Aunque estas visitas son concebidas para que las parejas tengan relaciones sexuales, para muchas, lo más rescatable es que se puede tener intimidad para conversar o simplemente para estar al lado de quien aman. El Reglamento de Establecimientos Penitenciarios establece las “visitas especiales” entre las que se incluyen los encuentros de carácter íntimo. Sólo si las condiciones del establecimiento lo permiten y para las internas que están condenadas. Deben contar con la autorización previa del alcaide y pasar por una revisión médica y sicológica. Además de una charla acerca de la prevención del embarazo y de enfermedades de transmisión sexual. La interna debe especificar en su solicitud la relación de parentesco conyugal o afectiva que lo vincula al visitante, la que debe tener una antigüedad de 6 meses mínimo, para obtener este beneficio. Cada reclusa tiene derecho a una visita al mes, con una duración de hasta tres horas. Este beneficio también se otorga a quienes tienen a su pareja tras las rejas, para lo que se traslada al hombre hasta la cárcel femenina.
“Es que igual es bueno, el sexo te alivia las tensiones de tener que soportar todos los días en este encierro, aquí es muy complicado vivir. Para la mayoría es un desahogo, en todo sentido... es bueno que no se pierda el amor. Aquí muchas veces el marido no vuelve más, se pierden las parejas porque pasa mucho tiempo, muchos años que no se ven”, comenta Jeannette López quien cumple condena desde hace siete años por narcotráfico. “Uno pierde la familia acá, se empieza a alejar de a poco”, remata Angélica, quien está condenada por estafa.
Amor encerrado
Aquí casi no hay alegría espontánea. Bajo la mirada de las gendarmes que las vigilan, ellas conversan y comentan el diario vivir, las penas y alegrías. Muchas dicen no tener pareja porque es difícil mantener una relación estando encerradas. Generalmente sus parejas las visitaron un tiempo y luego no volvieron más. Además, nadie les asegura que les son fieles o que no se buscaron la compañía de otra mujer. Ellas lo comprenden y lo asumen porque sienten que nadie está obligado a esperar a quien cayó preso.
Mientras la ceremonia de entrega de diplomas se desarrolla, tres mujeres, de diferentes edades, observan. Todas están allí por narcotráfico. Las tres tienen hijos. Ninguna utiliza el venusterio. Dicen que a sus compañeras les gustan las visitas porque pueden compartir y reafirmar los lazos con sus maridos. Pero a muchos hombres no les gusta la idea de tener que ir a la cárcel, pasar por la vigilancia y tener tres horas para poder estar con su pareja. Les incomoda seguramente pensar que el tiempo pasa rápido y que en un par de horas tendrán que separarse.
Una de las internas confiesa que no necesita de los venusterios porque encontró a una mujer dentro del recinto, la que actualmente es su pareja. Otra dice que cayó hace siete meses y no supo nada más. “No lo veo hace siete meses y estoy condenada a cinco-uno (cinco años y un día) seguro cuando salga voy a ir a rescatarlo...o a lo mejor ya tiene otra”.
“Seamos realistas, imagina que tú tenís pareja, pero el hombre no te va a aguantar y si te engaña nunca te va a decir la verdad...después el tiempo pasa y te pueden condenar a cinco, diez, quince años, tu pareja viene un año o dos, a todo reventar, pero después se aburren”, comenta otra. “Uno sabe que la engañan y eso no importa, lo que importa es que esté contigo”, agrega otra que finalmente remata: “ Además tienes que tener una pareja estable, no es que todas las semanas venga uno diferente. Y las mujeres somos distintas, si el hombre no vino ¿de donde sacai otra pareja aquí encerrada?”. Extraido de:
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